lunes, 28 de marzo de 2011

Más nombres que un estanciero

En la fertilidad de los relatos, en las pampas, las lecturas, los cascabeles y los gatos, abundan los nombres, los Hunos y los otros, Anibal y los romanos, que no eran otros, eran Ellos. Ellos y los bárbaros (así, en minúsculas) abundan en las discusiones, y yo me preguntaba si será, que los Hunos y los Ellos (es decir, los unos y los otros) tienen, así como le gusta a las ciencias sociales, tantos y tantos nombres.
En el fragor de la batalla, en el intento desesperado, pero fértil, político, voluntarioso, de transformar o incidir en las interpretaciones o las configuraciones de la realidad, hay, quizás, un exceso de nominación de escenarios, contrincantes, actores, la presentación deliberada (aunque no malintencionada, nunca, jamás la política, que mitos o razones nos liberen de los pospolíticos) de un diálogo entre lo interpretado y los lenguajes que se construye de antemano en una sospechosa ingeniería (no del todo precisa) de conceptos. Es decir, que la lectura que ofrecen los escribas es una tal que se desprende de sí mismos a partir de la utilización o reutilización de conceptos anteriores que no tuvieron nunca en este análisis del presente histórico cultural nuestro un ulterior sobre el cual referirse. No fueron pensadas esas categorías, esos conceptos monumentales erigidos dialécticamente entre otros, para pensar lo dinámico de coyunturas históricas singulares, con actores también singulares. Liberales, conservadores, democracia, republicanismo, populismos, peronismos, progresismos, oligarquías, nacionalismos populares, derechas, izquierdas, centros, etcéteras. ¿Lo qué?
Claro que no se trata aquí de suponer que uno dirá la realidad con palabras que no fueron nunca balbuceadas por homo alguno, pero si que debiera ser crítico y cuidadoso de criticar las mismas palabras con las que dice lo que dice.
No es ni debe ser este gobierno peronista, ni progresista, ni de izquierda, ni de centroizquierda, ni antiliberal, ni peor que el menemismo (incluso para algunos). Cada vez que las discusiones o las categorizaciones giran en torno a conceptualizaciones de este tipo donde prima la nominación por sobre la descripción de las características que lo componen se cae en un exceso retórico a partir de significantes que a fuerza de ser tan determinantes en sí mismos terminan vagando al interior de las discusiones como meros vacíos, que no son capaces de problematizar los procesos sino solo de escenificarlos en términos gustosos para las ciencias sociales pero absolutamente insuficientes para articular procesos singulares, actores singulares (y demás singularidades). No es esto, no obstante, un discurso antiintelectual ni mucho menos, es meramente la manifestación de la convicción de que el proceso presente es mucho más interesante (y ecléctico) que las terminologías utilizadas (que no construidas) para analizarlo. Pensemos, por qué razón somos “intelectualmente” tan benévolos para analizar la Bolivia de Evo, la Venezuela de Chavez, el Ecuador de Correa, o el Brasil de Lula y no lo somos para nuestra Argentina actual. Por qué somos tan amplios o incluso superficiales (que no estaría mal) para profundizar sobre aquellos procesos y no podemos sostener esa ambigüedad, esa prescindencia preconceptual al pensar nuestra situación.
Podríamos decir que en términos analíticos, aún, la Argentina actual no presenta siquiera un escenario, esta apenas tras bambalinas. Hay sí una representación con apenas elementos que la singularizan y la potencian: una retórica sencilla pero contundente, bien articulada; un actor principal (de singular belleza) con solvencia descollante (que es decir mucho más que carisma, actitud, propuesta); un reparto que realza la figura estelar de la primera actriz, con carencias de formación en la dramaturgia de época que espanta incluso a los escribas del orden, hastiados ya de trajinar como apuntadores; una densa, heterogénea y multisectorial platea de fervorosos (y disimulados, tan necesarios ellos) seguidores, atraídos por la verticalidad retórica, el retorno violento del discurso político en clave de reivindicación, de resignificación histórica, de reposicionamiento de protagonistas olvidados, por voluntad militante. Quizás sea ese su capital mayor, atrae militantes, no solo los clásicos sino de los eclécticos, los más necesarios, los silenciosos, los posmodernos, los erráticos, los heréticos resbaladizos de la conceptualización científica.
Política y Modelo, dos potentes, hegemónicos significantes vacíos que dinamitan los escenarios previos pero dejan flameando la bandera sobre las ruinas. (derrapé!!!!!..... Evita lo dijo mejor)