lunes, 4 de abril de 2011

El Hombre y la cosa

Aunque se pretende reflexionar sobre un político referente del espacio-movimiento peronista, se comenzará con una provocación a la propia retórica peronista: la realidad no existe.
La actualidad presenta una forma de constitución de las identidades sociales y políticas que, paradójicamente, podríamos definir como “desconstitutiva”. La posmodernidad ofrece escenarios fragmentados, singularizados, que exaltan la contingencia, la circunstancialidad identitaria. Ese río revuelto es propicio para la ganancia de los grandes pescadores, o para ser más claro, de las grandes pesqueras.
Ante a este escenario, las identidades políticas, tan proclives a la construcción de significantes retóricos explícitos, pierden espacio frente a la ausencia, frente al escepticismo, el individualismo, la prescindencia. Ante todo esto avanza un discurso técnico, de una “racionalidad” apolítica, que se constituye publicitáriamente como manifestación de un orden inevitable, inherente a los tiempos que corren, que no requiere identidades políticas que le den forma ni volumen, porque él es en sí forma y volumen de las identidades políticas, porque no admite discusiones ni conflictos, frente a él no hay oposiciones lógicas, sólo matices que refuerzan su inevitabilidad ontológica. Así vimos durante más de una década cómo los actores legitimantes de discursos y políticas no eran hombres, ni convicciones, ni identidades, ni ideologías, ni ningún tipo de significante que reconociera la inscripción histórica de los significados a los que les otorgaba sentido. Sólo técnicos, especialistas, consultores, organismos financieros, entidades empresarias, funcionarios e instituciones extranjeras, y cuanto más lejanas, mejor.
Frente a esto la política jugó un doble papel. Por un lado implicó la instancia de legitimación que otorgaba representatividad al orden, siempre que, a su vez, se legitimaba a sí misma en tanto observaba estrictamente los mandatos técnicos economicistas y era por este bendecida. Por otro lado, siempre que se reivindicó a sí misma como escenario de crisis, disruptora, conflictiva y opositora potencialmente dialéctica de un orden excluyente, sirvió a este, a través de sus instrumentos comunicacionales, para legitimarse por oposición a una “politiquería” que se habría quedado en el tiempo, en debates inertes y no advertiría el rumbo hacia el cual se desplazaría el mundo.
El orden, con la política como mera instancia de legitimación, ya sea directa o indirecta, y las ideologías fuera, dejó la construcción de los relatos colectivos en manos de la comunicación de masas, tan identificada con los intereses y la concentración que el mismo orden propiciaba. Pero el 2001 subvirtió el orden. No lo sustituyó, no lo cambió, pero lo obligó a reincorporar en la negociación de sus formas y contenidos al elemento disruptor y movedizo de la política. Los significantes legitimadores de antaño fueron violentamente interpelados por la movilización social. Menemismo, FMI, consenso de Washington, neoliberalismo, EE.UU., etc., pasaron a ser blanco retórico de toda construcción discursiva pretendida o efectivamente popular.
Asambleas barriales, piqueteros, movimientos de desocupados, fábricas recuperadas, hicieron estallar la armonización discursiva del orden y corrieron los límites de lo posible en el escenario público, donde la política recomenzaba a cobrar centralidad en el debate por un modelo que se enfrentara a la omnisciencia del orden.
En aquel contexto retomó la iniciativa la formidable maquinaria de productividad política que es el Peronismo. Un don nadie en el escenario nacional se hizo eco de ese cambio de época nacional y regional y en la Asamblea Legislativa del 25 de mayo de 2003 sostuvo que iba a entrar a la Casa Rosada con sus convicciones, para tiempo después sostener que “la democracia no se ratifica por discursos sino por acciones”. No se trata, aquí, de valorar o adjetivar esas convicciones, ni precisar en política o institucionalidad el contenido de las mismas. Lo que dichas palabras refieren, y las acciones posteriores reforzaron, es un contenido implícito como mandato en la voluntad destituyente de 2001. La proliferación “multiorganizacional” implicaba, en esa voluntad destituyente, un mandato instituyente que el peronismo kirchnerista supo interpretar y delinear a partir del esbozo de un proyecto nacional y popular tradicional, el cual no se puede reconocer como tal explicitado estratégicamente desde un principio, sino apenas cristalizado en el tiempo, a partir de una mirada en perspectiva que, quizás, llevó siete años en evidenciarse y volverse discurso militante en varios sectores de la sociedad, y, fundamentalmente, en aquella juventud (y no tanto) destituyente de 2001, que estos días, desde la explicitación de su organización, evidencia su carácter instituyente, señalando en el hombre que se fue, a aquel que restituyendo la política como componente principal en el debate de lo público, les devolvió la capacidad de imaginar y construir cultura.
La pretensión meramente descriptiva no quita a esa organización militante su importante contenido. Los jóvenes no militan por lo que creen injusto, excluyente, desigualador, a pesar de las importantes deudas en este sentido. Es por ello que su presencia es un freno a las especulaciones que pujan por desplazar nuevamente a la política de la discusión de lo público. Las advertencias de su retórica combativa dan testimonio de determinación pero también de organización militante dispuesta (deberán advertir y admitir los especuladores) a resistir y avanzar, porque la política volvió para quedarse.

lunes, 28 de marzo de 2011

Más nombres que un estanciero

En la fertilidad de los relatos, en las pampas, las lecturas, los cascabeles y los gatos, abundan los nombres, los Hunos y los otros, Anibal y los romanos, que no eran otros, eran Ellos. Ellos y los bárbaros (así, en minúsculas) abundan en las discusiones, y yo me preguntaba si será, que los Hunos y los Ellos (es decir, los unos y los otros) tienen, así como le gusta a las ciencias sociales, tantos y tantos nombres.
En el fragor de la batalla, en el intento desesperado, pero fértil, político, voluntarioso, de transformar o incidir en las interpretaciones o las configuraciones de la realidad, hay, quizás, un exceso de nominación de escenarios, contrincantes, actores, la presentación deliberada (aunque no malintencionada, nunca, jamás la política, que mitos o razones nos liberen de los pospolíticos) de un diálogo entre lo interpretado y los lenguajes que se construye de antemano en una sospechosa ingeniería (no del todo precisa) de conceptos. Es decir, que la lectura que ofrecen los escribas es una tal que se desprende de sí mismos a partir de la utilización o reutilización de conceptos anteriores que no tuvieron nunca en este análisis del presente histórico cultural nuestro un ulterior sobre el cual referirse. No fueron pensadas esas categorías, esos conceptos monumentales erigidos dialécticamente entre otros, para pensar lo dinámico de coyunturas históricas singulares, con actores también singulares. Liberales, conservadores, democracia, republicanismo, populismos, peronismos, progresismos, oligarquías, nacionalismos populares, derechas, izquierdas, centros, etcéteras. ¿Lo qué?
Claro que no se trata aquí de suponer que uno dirá la realidad con palabras que no fueron nunca balbuceadas por homo alguno, pero si que debiera ser crítico y cuidadoso de criticar las mismas palabras con las que dice lo que dice.
No es ni debe ser este gobierno peronista, ni progresista, ni de izquierda, ni de centroizquierda, ni antiliberal, ni peor que el menemismo (incluso para algunos). Cada vez que las discusiones o las categorizaciones giran en torno a conceptualizaciones de este tipo donde prima la nominación por sobre la descripción de las características que lo componen se cae en un exceso retórico a partir de significantes que a fuerza de ser tan determinantes en sí mismos terminan vagando al interior de las discusiones como meros vacíos, que no son capaces de problematizar los procesos sino solo de escenificarlos en términos gustosos para las ciencias sociales pero absolutamente insuficientes para articular procesos singulares, actores singulares (y demás singularidades). No es esto, no obstante, un discurso antiintelectual ni mucho menos, es meramente la manifestación de la convicción de que el proceso presente es mucho más interesante (y ecléctico) que las terminologías utilizadas (que no construidas) para analizarlo. Pensemos, por qué razón somos “intelectualmente” tan benévolos para analizar la Bolivia de Evo, la Venezuela de Chavez, el Ecuador de Correa, o el Brasil de Lula y no lo somos para nuestra Argentina actual. Por qué somos tan amplios o incluso superficiales (que no estaría mal) para profundizar sobre aquellos procesos y no podemos sostener esa ambigüedad, esa prescindencia preconceptual al pensar nuestra situación.
Podríamos decir que en términos analíticos, aún, la Argentina actual no presenta siquiera un escenario, esta apenas tras bambalinas. Hay sí una representación con apenas elementos que la singularizan y la potencian: una retórica sencilla pero contundente, bien articulada; un actor principal (de singular belleza) con solvencia descollante (que es decir mucho más que carisma, actitud, propuesta); un reparto que realza la figura estelar de la primera actriz, con carencias de formación en la dramaturgia de época que espanta incluso a los escribas del orden, hastiados ya de trajinar como apuntadores; una densa, heterogénea y multisectorial platea de fervorosos (y disimulados, tan necesarios ellos) seguidores, atraídos por la verticalidad retórica, el retorno violento del discurso político en clave de reivindicación, de resignificación histórica, de reposicionamiento de protagonistas olvidados, por voluntad militante. Quizás sea ese su capital mayor, atrae militantes, no solo los clásicos sino de los eclécticos, los más necesarios, los silenciosos, los posmodernos, los erráticos, los heréticos resbaladizos de la conceptualización científica.
Política y Modelo, dos potentes, hegemónicos significantes vacíos que dinamitan los escenarios previos pero dejan flameando la bandera sobre las ruinas. (derrapé!!!!!..... Evita lo dijo mejor)